Franzen nos hará libres

Los lectores podemos contar con los dedos de una mano las novelas que han marcado nuestra vida —literariamente hablando, claro—. Seguramente expresarse en esos términos pueda resultar exagerado, ya que los libros deberían tomarse como un mero entretenimiento y nunca como algo trascendental ni como un hito personal. Pero cuando descubres algo que te hace disfrutar, y no someramente sino de un modo excelso, piensas que has llegado —en el mundo de la literatura— adonde querías llegar, que los cientos de libros que has leído hasta ese momento, y que muchos de ellos te han parecido buenísimos, no han sido sino el preámbulo que te ha ido acercando al estilo que andabas buscando, aquel en el que te sientes cómodo y el que gozas, aquel con el que te involucras, en el que te sientes reflejado, en el que te reconoces, aquel que llegas a necesitar y que desata una marea de sentimientos y reacciones posteriores. Aquel estilo que, en conclusión, te hace libre.

Fui consciente de la existencia de un libro llamado Libertad hace algún tiempo. También de que su autor, Jonathan Franzen, un completo desconocido para mí en aquella época, había ganado varios premios y que había sido finalista de un premio Pulitzer, y que en general el libro estaba gustando en diversos sectores. Sin embargo, hubo dos detalles que retrasaron el momento de plantearme su lectura: el nombre y la portada.

Cualquiera de las dos razones va a sonar a argumento carente de toda lógica y muy alejado del rigor que un escritor-lector debería establecerse a la hora de elegir sus obras. Supongo que algo de pudor siento al reconocerlo, pero lo que no pude evitar en aquel momento fue rechazar la idea de leer un libro con un título tan básico, uno que me llevaba inconscientemente al cine y en concreto a una película titulada del mismo modo, un libro en cuya portada aparecía una suerte de pájaro de color azul sobre un lago, un animal que me obligaba a imaginarme una novela para jóvenes. Para niños, mejor dicho. Por tanto, las expectativas creadas en torno a la obra ya comenzaron de la peor manera.

Pero fue cuando conocí a mi esposa, largo tiempo después, y me dijo que tenía intenciones muy serias de leerlo cuando empecé a generar nuevamente la curiosidad por el título. Ella me confirmó lo admirablemente reconocido que era ese autor en el mundo de la literatura y, concretamente, en la americana —punto de referencia importante— y yo, sin nada mejor que leer en ese momento, decidí enfrentarme a mis intolerables prejuicios, a la crítica especializada y a sus setecientas páginas, detalle nada desdeñable. Cuando acabé de leerlo también me sentí libre, pero esta vez de estupideces en forma de pretextos banales y miedos ante los libros extensos.

Huelga decir, después de este generoso prólogo, que la novela me pareció sublime.

El argumento trata sobre la vida una familia americana de clase alta, una en la que cada integrante se desmarca del resto por su singular forma de ver el mundo. El padre, Walter Berglund, es un hombre en continua búsqueda de las cosas bien hechas, justo, perseverante, con un alto grado de responsabilidad y fiel a su propia personalidad. Patty, su esposa, es una mujer insatisfecha que anhela una vida que ni siquiera ella sabe, una persona que le gusta mantener a sus seres queridos cerca aunque no sepa entenderles. Joey, su hijo, es un muchacho que crece rodeado de decisiones controvertidas que distorsionan su sentido de la realidad. Jessica, la que en principio no destaca por ninguna extravagancia, es, sin embargo, la que menos protagonismo tiene en la historia aunque pone un grado de distinción sumamente reseñable.

Protagonismo —y mucho— que sí alcanza el polémico Richard Katz, un ex cantante de rock mermado psicológicamente por una vida llena de vicios y un carácter atormentado que te lleva a quererle y odiarle a partes iguales. Richard se introduce de lleno en el seno familiar y convierte la relación con el matrimonio en un triángulo de personalidades enfrentadas superlativamente entretenido.

Libertad es bueno porque realiza una minuciosa radiografía de una familia desestructurada, carente de empatía y propensa a la recriminación constante. Lo que a priori te parece una simple conjunción de seres incompatibles, se transforma más adelante en una convivencia de personas retorcidamente complejas, incapaces de vivir en armonía ya que sus egos son demasiado fuertes como para aceptarlo. Esa introspección del personaje resulta fascinante, y la interacción entre ellos se presenta como una ecuación realmente interesante, una en la que por supuesto deseas saber el resultado final aunque dudes que lo haya.

La prosa en el libro es ágil, a pesar de sus setecientas hojas. El autor no abusa de la lírica y resume su lenguaje en frases cotidianas aunque aderezadas con inteligentes notas de humor, ironía y drama. Los diálogos me parecieron en muchos casos acertadas muestras del decaimiento progresivo de la familia y el tono mordaz de la narración te lleva a engancharte de un modo magnético a la trama planteada por el escritor. La tragicomedia está siempre presente en el argumento, reflejada en numerosas y divertidas secuencias que, bajo mi criterio, son brillantes demostraciones de ingenio y sarcasmo.

Debido a su longitud, el libro también contiene partes más densas que pueden provocar cierto rechazo o desilusión. Es algo con lo que hay que contar cuando lo lees, aunque pronto descubres que aquellos textos complementan el mundo interior del personaje, los que te llevan inexorablemente al epicentro de la trama. A pesar de ello, es fácil reprocharle al escritor su locuacidad al narrar.

El libro cobra aún más brillo cuando lo comparas con su otra gran obra, Las correcciones, la novela que casi alcanzó el Pulitzer, escrita nueve años antes, aunque opino que ésta no es más merecedora que la que estoy reseñando. Ambas novelas mantienen la misma línea argumental, el mismo estilo y los mismos problemas existenciales de los personajes, pero en Libertad parece todo adquirir un color especial, como si de algún modo los personajes fuesen aún más protagonistas de lo que realmente son y las secuencias estuviesen desarrolladas con un grado de precisión altamente exigente, no dejando nada al azar. Supongo que la madurez en la profesión, y el tiempo transcurrido entre una novela y otra, llevarían a Franzen a ser más purista con los detalles que captan la atención del lector.

¿Qué puede haber de divertido, pensaría cualquiera, en leer la vida de una familia contemporánea americana? Podría estar de acuerdo en que a priori no es algo que resulte seductor, ni siquiera sabemos si esta es la gran novela americana como se escucha en el mundillo literario. Lo que sí sé es que, si esta historia te la cuentan como lo hace Jonathan Franzen, la cosa va ganando enteros, la expectación crece. Y si además consigues desembarazarte de prejuicios iniciales y te sumerges en la idiosincrasia del personaje, posiblemente acabes cautivado, como fue mi caso, y decidas que ése es el camino que quieres seguir en las novelas que lees o que escribes, como es mi caso.

Jonathan-Franzen blog

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