Vivir en Middlesex

Jeffrey Eugenides es un hombre que sabe hacer bien las cosas. Escribe pocos libros y se toma mucho tiempo entre uno y otro, pero los escribe bien, muy bien, tanto que uno de ellos, Middlesex, ganó el premio Pulitzer en el año 2002.

Parece una inmejorable carta de presentación para un escritor y un reclamo más que seductor para una obra suya. A fin de cuentas, los lectores nos movemos bajo referencias externas y decidimos lo que leemos, la mayoría de las veces, en función de lo que opina la crítica. Sería hipócrita por mi parte decir que no fue mi caso cuando decidí leerlo, pero también es justo matizar ciertas cosas que contextualicen la decisión, al escritor y, claro está, su novela.

Haber ganado un premio Pulitzer no te otorga inmunidad ante la crítica. El libro es realmente bueno, de eso no hay duda. Sus más de seiscientas hojas son una muestra fehaciente de que hay tiempo invertido en él y la documentación que realiza de la misma es rigurosa e incontestable. Hasta aquí de acuerdo. Lo que ahora toca discutir es si esta es la gran novela americana —concepto muy recurrente— merecedora de uno de los más grandes galardones en el universo literario o, sin embargo, es una más entre las muchas, y buenas, que se producen en Norteamérica.

Middlesex es un título impecablemente elegido para ubicar la trama de la historia. Trata sobre un diplomático americano que decide revelar su gran secreto y cuenta la historia, no sólo de su vida, sino la de sus generaciones pasadas también. Cal Stephanides, nombre del protagonista, de origen griego por sus abuelos, es un hombre del que realmente se sabe poco —más allá de una carencia de confianza motivada por su traumático pasado—, ya que el libro aborda su etapa adolescente y más intensamente la de sus padres y abuelos. Los abuelos, dos emigrantes griegos, son la génesis de una controvertida historia de relaciones familiares que sobrepasa la frontera del entendimiento y que, lejos de ponerle fin, acentúan con sus decisiones el inevitable caos interno de cada protagonista. Los padres, dos personas que también transgredieron los límites de lo razonable, viven de un modo particular la convivencia de todo el clan griego. Cal, por tanto, no es sino el resultado final de una acumulación hormonal mal organizada y repartida.

Middlesex también da en el clavo porque, aparte de la idea planteada en el párrafo anterior, es el nombre del barrio donde residen los Stephanides, una familia inmersa en la cultura del Medio Oeste americano aunque de fuerte arraigo por las costumbres griegas. Esa mezcolanza de culturas resulta muy divertida y ciertas secuencias las considero brillantes, aunque lo meritorio de esto es habernos introducido en la mente y en el cuerpo de un extranjero que debe ganarse la vida en un lugar que no es el suyo utilizando para ello toda suerte de argucias que, como en este caso, ponen en tela de juicio la ética y la dignidad.

Eugenides utiliza un estilo neutro, sin alardes ni demostraciones de intelectual avanzado. Cuenta lo que quiere contar, inserta comentarios y reflexiones en boca de los personajes y deja que te vayas familiarizando con la historia. Como a otros escritores americanos contemporáneos, le gusta la ironía y el tono mordaz en los diálogos, y se permite ciertas licencias para narrar durante hojas y hojas algún acontecimiento o secuencia que él considera importante. Esto hace que en algunos momentos, y debido a sus seiscientas páginas, la historia pierda interés.

He de reconocer que me enfrenté a esta novela después de haberme leído su último libro, La trama nupcial, una historia sobre un triángulo amoroso de jóvenes atormentados. La comparación surge, parece inevitable, y aunque su último trabajo me pareció bueno, considero que Middlesex es merecedor de más elogios por la profundidad de la historia y la interacción de personajes que tienen que enfrentarse a dilemas más serios que los provocados por el desamor.

La discusión y el debate por la perniciosa equidad entre premio y novela grandiosa puede surgir con este libro. Es evidente que el carácter enigmático del escritor —al parecer se prodiga poco o nada en público— ha debido captar la atención de la crítica y se asocie ese hermetismo a un trabajo más concienzudo. La novela es buena, buenísima, brillante por momentos, pero opino que lo original, lo realmente magnético, es la transgresión que hace de la moralidad, el soberbio argumento escrito de manera precisa y meditada. Ahora bien, si esto es merecedor de un Pulitzer ahí ya no entro. No soy muy amigo de los premios que se anuncian a bombo y platillo, porque crean un precedente y levanta unas expectativas demasiado altas. Seguramente Eugenides no pensaría en esto cuando lo escribió, pero consiguió que su obra gustara, y mucho, tanto que se llevó el mayor de los premios, y que además abriera el debate entre lo que es simplemente bueno o excelsamente bueno para llevar algo suyo al estrellato.

Yo desde aquí hago una ferviente recomendación para que conozcan las historias que urde Jeffrey Eugenides y la repercusión que genera en el mundo de la literatura. Y si se comienza por este libro, seguramente tu mente quiera viajar un poquito y caer en el Medio Oeste para vivir con estos peculiares personajes en Middlesex, emplazamiento conocido por unos lazos familiares demasiado cercanos.

midddlesex eugenides

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