Cincuenta calamidades de Grey

Soy de la opinión de que la literatura también puede servir como vía de experimentación. A menudo leemos “cosas” que habitualmente no hacemos porque dedicamos nuestro tiempo a aquel género literario que realmente nos gusta. Esas “cosas” pueden ser muy diversas y en muchos casos pueden acabar gustándonos, tanto que nos decimos a nosotros mismos que repetiremos en cuanto podamos. También puede ocurrir que la experiencia no resulte del todo satisfactoria y declinemos rápidamente una nueva invitación a leer algo distinto de lo que conocemos. De un modo o de otro, siempre existen connotaciones positivas a la hora de abarcar más conocimiento en cuanto a la literatura, ya sea porque has descubierto algo fascinante o sencillamente porque te faculta para rechazar esa mala lectura a base de razones fundamentadas. Leer, al fin y al cabo, es un ejercicio saludable que te abstrae de rutinas diarias y te lleva al mundo de ficción donde nos sentimos libres. Aunque a veces, y he aquí el motivo de esta reseña, no es así. Mi experimento fue leer Cincuentas sombras de Grey.

Qué pretendía conseguir con esta arriesgada aventura era algo interesante y peligroso desde un punto de vista empírico. Los comentarios previos de esta novela no eran los mejores y existía esa propaganda nociva de best-seller que te lleva a pensar rápidamente en literatura comercial “apta” para todos los públicos. Sin embargo, alrededor del libro surgían otras cuestiones sugestivas que incitaban a conocerlo, como por ejemplo, la trascendencia de la obra en los circuitos literarios, incluso en la sociedad, la apuesta decidida de poderosas editoriales por publicarla o, como decía antes, esa etiqueta de best-seller que insinúa la posibilidad de que el libro en cuestión pueda ser bueno.

Además de todo lo anterior, la novela se presentaba bajo un tema central muy definido, el sexo, y aparecía esa componente de curiosidad por saber el tratamiento que se le daba o cómo la autora planteaba un asunto tan morboso, sugerente y debatible como ése. Y si juntábamos ese atractivo argumento con la propaganda que arrastraba, el runrún alrededor de la obra siempre estaba presente y con el espíritu de, por qué no, lanzarse a ella.

Pues lo hice. Me lancé a la novela, pero salí escaldado. Confieso haber pasado muy malos ratos leyendo este infame libro y confieso haberme sentido insultado con las cosas que leía y que se sucedían sin cesar. También he de reconocer que mi grado de masoquismo y, claro está, de estupidez extrema, fue incalculable y, en algunos momentos, intolerable.

Pero me comprometí con el experimento para, entre otras cosas, poder desahogarme con todo el derecho y el placer que otorga haber resistido la tortura y escribir esta reseña que para mí no es otra cosa que un premio por haber soportado semejante ofensa a la inteligencia.

Empezaré siendo justo con la escritora, ya que ella no es la responsable de la increíble repercusión que ha generado su trilogía —no concibo que existan dos libros más como el primero, los cuales, por supuesto, no he leído; habría sido demasiado castigo para mí—. Supongo que E.L. James (nombre artístico que se presta a debate), dentro de su buena intención, los escribiría pensando que eran obras imprescindibles y que el revuelo generado era consecuencia directa de su elogiable trabajo. También asumo que la autora quedó tan satisfecha con el resultado final que no debió sorprenderse con el volumen de ventas alcanzado. No obstante, yo también me sentí así de satisfecho cuando acabé mi primer libro a pesar de no haber vendido ni uno solo. Todo autor merece una mención por el solo hecho de sentarse a escribir, sobre todo por lo terriblemente ingrato que supone emplear una cantidad ingente de horas en algo que morirá antes de que salga a la luz —a quien corresponda, claro—. Mis respetos hacia esta escritora son sinceros, honestamente, aunque no a su libro, por desgracia. Entiendo que ella, antes de que el “fenómeno Grey” explotara como una bomba, viviría como muchos con la ilusión de que alguien, alguna vez, la leyera. Y no tengo ninguna duda que el concepto que ahora tiene ella misma de su novela es tan alto que considero dicho detalle como merecedor de ser comentado, aunque sea por lo osada que fue al permitir que un libro como el suyo saliese al mercado.

Hecho ya el reconocimiento a Miss James, creo que es el momento de reseñar el libro y cumplir mi objetivo. Mi opinión es que Cincuenta sombras de Grey es una tomadura de pelo sin precedentes extraída de la más censurable idea de impresionar al lector con aquellas ridículas secuencias de sexo que tanta agitación han generado en el universo literario. Y digo ridículas porque el sexo (o lo que sea eso) es tan grotesco que, lejos de llegar a sensaciones cercanas a la excitación, producen un estado de hilaridad contagiosa.

La historia del libro presenta a dos personajes, cada cual más absurdo, que viven un romance de lo menos creíble que hoy día se puede ver. Christian Grey es un ejecutivo multimillonario, apuesto, inteligente, controlador y aficionado al sexo duro. Anastasia Steele es una joven con mentalidad de niña, inocente, tímida y casta. Ambos se conocen, experimentan un poco con el sexo, se enamoran y fin de la historia. Repito, fin de la historia. No hay nada más que contar del argumento porque el libro no tiene trama alguna. Ahí acaba todo (por lo menos el primer volumen). Todo transcurre de un modo lineal y progresivo y la aparición de otros personajes no desvía un milímetro la línea argumental que, como decía, es reprochablemente insulsa.

Lo llamativo del libro —quizás sea lo único— es observar la poca credibilidad de los personajes y lo delirante del acuerdo sentimental al que llegan el príncipe azul y la joven plebeya: mediante un contrato de dominación absoluta. Christian, al parecer, es un adicto al sexo que utiliza técnicas sadomasoquistas con sus sumisas (como define él) y Anastasia es una niña que no ha visto un pene en su vida. Él es un hombre seguro de sí mismo y con una autoridad incuestionable, y posee la facultad de dejar rendido a todo el género femenino. Ella, sin embargo, es una criatura ingenua que no conoce lo que es masturbarse. De repente, por arte de magia, quizás cautivado por un encanto que en el libro no se aprecia por ningún lado, el dominante y perverso Christian cae enamorado de una chica con un coeficiente intelectual limitado. La aparición del contrato, supongo, podría haber sido un punto de novedad respecto otras novelas de amor, pero es tan irrisorio el modo de plantearlo que dudas hasta de la inteligencia de la propia escritora.

Quizás sea un error por mi parte dejar aquí plasmada mi opinión sobre la novela, ya que se me puede considerar un auténtico cretino sin remedio. En la tercera página ya vi que la cosa pintaba mal, a la décima pensé que se trataba de una broma y a la quinceava quise tirar el libro al cubo de la basura. Sólo impidió ese hecho que no lo tenía en formato físico, sino en ebook. Sin embargo, aguanté estoicamente la lectura porque pensé que leyéndolo podría opinar con objetividad sobre mis sensaciones posteriores, que al final resultaron ser escandalosamente malas. También porque quería comprobar si era cierto que la historia iba a mantener esa línea tan insípida o de repente el argumento ofrecería algún giro inesperado. Supongo que era mucho pedir.

El estilo, si lo hay, es de una simpleza inadmisible para haber sido escrito por una periodista y licenciada universitaria, aunque si su deseo era llegar a todos los niveles intelectuales posibles, empezando por los más bajos, hay que reconocer que lo ha conseguido. El lenguaje es rematadamente cursi, infantil por momentos, y está orientado hacia la adolescencia femenina, donde las cuestiones del amor captan más rápidamente la atención. Los diálogos son largos y aburridos, y son la muestra fehaciente de que los protagonistas son estúpidos y la historia, a fin de cuentas, una bazofia infumable.

Como el argumento no da para más, es el momento de pasar a dos asuntos, el sexo y la trascendencia, que son mi motivación para escribir esto. Son dos temas indefectiblemente unidos.

Pensar que este libro haya causado furor desde un punto de vista erótico es como para preguntarse dónde se establece cada uno sus exigencias sexuales. Que este sea el libro que haya reactivado la vida sexual de parejas, o individualmente de personas, como he leído, habla mal de la sociedad. No niego que las secuencias contienen sexo explícito, pero lo grave es lo desastrosamente mal que están descritas, sobre todo cuando lees en boca de los personajes frases y expresiones al más puro estilo de una película porno barata. Si todo aquello excita a la gente, les felicito por tener una libido tan baja.

Eso me lleva a pensar en la escritora y en sus experiencias más íntimas. No pretendo adentrarme en detalles escabrosos, pero ha dejado claro el mensaje de que su vida sexual está o ha estado claramente perturbada, ya sea por anhelo, frustración o escasez. Lo que sí consiguió de manera indirecta es que mujeres de su generación se sintieran atraídas por un tema turbador como es el “sexo sin límites”, pero me pregunto qué habría sido si esas mismas mujeres hubiesen leído otras novelas eróticas infinitamente mejor escritas. Posiblemente se habría desatado la locura en la sociedad y la venta de artículos sexuales, ropa de cuero y anticonceptivos se habría disparado descontroladamente.

El gran tema de esta reseña, y es el que debería llegar a las conciencias de cada uno que haya leído el libro, es el de la incomprensible repercusión y el ensalzamiento de la novela para ubicarla entre las más vendidas de los últimos tiempos (las cifras son escandalosas, me dejan conmocionado, motivo por el cual la aversión hacia este fenómeno literario ya es absoluta). Ya dije antes que la autora no tiene culpa alguna de ello, pero sí los editores que la publicaron, sí las personas que pagaron por esta basura, sí las que con sus comentarios la recomendaron como “algo imprescindible”, las que hicieron cola en las librerías para llevarse el segundo y el tercer volumen, las que creen que este libro reactivará su vida sexual, las personas que quedan indiferentes ante esta injusticia y no expresan su incredulidad de algún modo. Son ellos los que dejan en entredicho el criterio de la buena literatura y los que potencian que libros tan absurdos como éste se coloquen muy por encima de las verdaderas joyas que sucumben en el ostracismo. Estamos generando un problema en la calidad del arte, de la literatura en concreto, si aceptamos como “válidas” apariciones como Cincuenta sombras de Grey. Aunque lo inaceptable, lo que aún no me explico, es que editores y editoriales, con su buen número de especialistas en la materia, personas respetables habituadas a leer mucho y bueno, a sentar cátedra sobre que aquello que opinan, hombres y mujeres que presumen de tener una cultivada sabiduría, una dilatada trayectoria en este gremio y un criterio incuestionable, decidieran un día que esta novela debía publicarse. Esta es, sin duda, la primera de las cincuenta calamidades de este tal Grey.

50 sombras blog

3 comentarios sobre “Cincuenta calamidades de Grey

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  1. Este libro NO está escrito para hombres. Más allá de la calidad literaria y los gustos, tan cargados siempre de subjetividad, debes tener en cuenta que este libro no es par ti. De hecho la escritora lo dice explícitamente. ¿Por qué? Es un libro que desata las fantasías, sexuales, amorosas y de todo tipo, de las mujeres. Y lo consigue. Por tanto es un gran mérito y una gran novela. Genera sentimientos, emociones, pasión… ¿Qué más le puedes pedir a una obra artística? Lo que pasa es que nos incomoda, tanto a hombres o mujeres. Como me dijo una amiga: una cosa es lo que las mujeres DICEN que quieren, otra lo que quieren CREER que quieren y otra muy distinta lo que QUIEREN de verdad. La idea de un hombre dominador rico que lo “controla todo”, guapo hasta la muerte… que se enamora de ti y que “cambia” por ti… es irresistible… Mientras que colma de lujos, te descubre el sexo más placentero y te tiene como una reina parece que es irresistible. Te guste o no.

    Hay mucho prejucio y me parece lógico que los haya por los temas que trata y los estereotipos que usa (que yo creía superados). Muchas se niegan a leerlo, otras lo dejan a la primeras de cambio porque les horripila pensar que les va a gustar, a otras les incomoda decir que les gusta aunque se exciten, otras lo disfrutan al máximo, a otras les revive su vida sexual, otras dejarán a sus maridos por gustar a un Grey (jaja)… Pero, si este libro ha generado un fenómeno tan brutal por algo será. Ya quisiera cualquier lector, escriba lo que escriba, poder ser leído por tanta gente, alabado por tanta gente, excitar a tanta gente, provocar discusiones entre tranta gente…

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    1. Estimado Juan, muchas gracias por tu comentario. He de pensar que mi reseña no te ha resultado indiferente, de ahí que te hayas tomado tus molestias por escribirme. Te lo agradezco.
      Lo que me sucede con este libro es más bien simple. No quiero entrar de nuevo en el argumento (para mí insulso), ni en las sensaciones posteriores (para mí ninguna que tenga que ver con sexo sino más bien con incredulidad) ni en la repercusión social de la novela (para mí inconcebible). Quiero resumir mi parecer con este libro, y mi aversión más crítica, en quienes decidieron en algún momento que esa basura debía publicarse. Ellos son los responsables de que se hable sin parar de esta parodia de libro. Denigran el mundo de la literatura a un nivel ridículo. No sé si estás de acuerdo conmigo en este punto, pero creo que “los entendidos” deberían ser un poquito más responsables con aquello que deciden sacar al mercado. Y tampoco quiero entrar en el tema económico, me aburre soberanamente.
      Un cordial saludo y gracias de nuevo por el comentario.

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