Simplemente Max

El acontecimiento personal que más me ha conmovido en los últimos tiempos —posiblemente el único que lo ha hecho de verdad en toda mi vida— fue el día que conocí en persona a mi esposa. La historia alrededor de este evento es tan larga que necesitaría horas para situar el origen de nuestro matrimonio, pero aquello fue de una intensidad tal —aún hoy día me estremezco al recordarlo— que pensé que jamás viviría un momento como ése. Sin embargo, en aquel instante no sospechaba ni por aproximación que el éxtasis de  emoción y felicidad estaba por llegar y que nuestro encuentro, que recuerdo como algo único, irrepetible, cósmico, sería relegado por algo aún más mágico y apasionante. Así fue. El nacimiento de Max, año y medio después, ha superado con creces aquel clímax de sensaciones palpitantes.

Está sobradamente demostrado que cualquier relato contado por otra persona sobre el nacimiento de un hijo, por muy bonito o impresionante que éste sea, se queda a mil años luz de distancia respecto a lo que uno experimenta cuando tiene la fortuna de vivirlo. Todas las palabras, expresadas con la mayor emotividad posible, se quedan en eso, en simples palabras, ya que el momento de tener a tu hijo recién nacido en brazos provoca la sensación contraria, la de dejarte mudo, ensimismado y sin palabras que puedan describir lo que uno siente, lo que pasa por tu cabeza en forma de impulsos nerviosos y con tu corazón acelerando a ritmo de felicidad imparable.

Pero para llegar a eso antes hubo que pasar por una serie de trámites obligatorios que convirtieron el instante final en la meta de una carrera muy, pero que muy larga. Los de todo el mundo, supongo, aunque con una nota de suspense permanente. Exámenes, controles, visitas, nervios, espera, cansancio… Nuestro previo fue igual de rutinario y agotador que el del resto de las mujeres que están a punto de parir, pero en nuestro caso hubo una serie de detalles que variaron el curso normal de los acontecimientos y que generaron una expectación inquietante, novedosa, inoportuna, aunque definitivamente hermosa.

Teníamos visita al ginecólogo, a nuestro querido doctor Fernando Troncoso. Esta presumía ser de las últimas, si no la última, antes del gran momento, el del parto. En términos generales fue bien aunque la alarma provocada horas antes al no detectar excesiva actividad de nuestro bebé en el vientre materno llevó al doctor a dictaminar una ecografía de urgencia. La espera hasta esa prueba fue larga y tediosa, y los chequeos previos monitoreando el ritmo cardiaco del feto no indicaban lo que finalmente se desencadenó. El ginecólogo de urgencias, horas después, con un ecógrafo más bien básico, y en cuestión de segundos, observó algo que provocó el cambio de planes: nuestro pequeño se estaba quedando sin líquido amniótico y mi esposa debía ser intervenida. Y no había vuelta atrás. La insinuación de las matronas y la confirmación telefónica de Fernando ratificaron lo que se intuía: había llegado el momento de que Max viniera al mundo, aunque aún no sabíamos de qué modo.

Mae ya no volvió a casa. El dictamen médico fue que hiciera noche en la clínica bajo observación y al día siguiente se vería la manera de inducir el parto. Así, sin más. Sin más diálogos ni segundas opiniones, con esa contundencia que nos dejó estupefactos. Aquellos instantes fueron raros, confusos, quizás no contábamos con ese veredicto y, por tanto, las emociones se multiplicaron. Ambos deseábamos un parto natural, sufrido, doloroso, pero a fin de cuentas natural, sin químicos ni incisiones. Así lo habíamos contemplado y así se insinuaba, ya que las pruebas previas habían arrojado resultados positivos y encaminados a esto último. Sin embargo, el paso por urgencias dejó, no sólo cambios drásticos en el modus operandi, sino un reguero de incertidumbre sobre el estado de salud de nuestro bebé. Nuestra ignorancia acerca del tema se hizo palpable y las palabras tranquilizadoras del equipo médico anestesiaron en parte nuestros ya cada vez más agitados estados de ánimo. Ése fue el primer impacto que sufrí con la realidad de un parto, el que me provocó un latigazo de tensión y ansiedad: el hecho de pasar en unos pocos segundos de un estado de control y bienestar del bebé a otro de urgencias y anomalías por su salud.

La decisión de quedarnos en la clínica, al final, fue mínimamente celebrada. Era allí donde nos sentíamos seguros e informados y ese día, o al siguiente tal vez, era el que la providencia había designado para hacer venir a nuestro hijo. Ya poco importaba el método a emplear, el día elegido o las infinitas conversaciones alrededor de este tema. Solamente había un único gran asunto sobre la mesa, y era que Max viniera al mundo completamente sano. El resto daba igual.

Dejé a mi esposa instalada en la habitación de la clínica y yo me marché a casa a recoger el equipaje, que era mucho. Con una acertada antelación ella ya había previsto todo lo necesario en cuanto a ropa y otros elementos para que el día del parto aquello no fuese un quebradero de cabeza. Hacer el camino a casa, ya sin ella, se me hizo extraño, ya que hasta ese instante habíamos compartido juntos todos los minutos posibles desde que empezó esta excitante aventura de ser padres, nueve meses antes. Y por esta razón, de un modo paralelo, comencé a generar esa tensión de quien se acerca a vivir un momento único.

No empleé más tiempo del debido en el departamento y regresé rápidamente a la clínica, donde me encontré a mi mujer con el uniforme de guerra: una bata. Pruebas, análisis, visitas de matronas y tranquilidad, mucha tranquilidad a esas horas de la noche, fueron el preámbulo a lo que se avecinaba al día siguiente. Nos dieron la oportunidad de dormir unas cuantas horas y ambos nos sumergimos en el sueño con la mente puesta en un hecho increíblemente hermoso: Max estaba a muy poco tiempo de hacernos compañía.

El martes 16 de septiembre, desde bien temprano, comenzó la carrera. Estaba ante el día más importante de mi vida y aún no era consciente del todo. Todos los comentarios, por médicos y matronas, indicaban que de ese día no pasaba y yo, sin embargo, era incapaz de asimilarlo, de visualizar a un recién nacido sujeto entre mis manos. Nuestra matrona, Rosa, una excelente mujer al igual que todas las que conocimos esos días en la clínica, tomó las riendas del asunto y fue dirigiéndonos acertadamente durante las horas de la mañana que, contrariamente, se hicieron más largas y tediosas de lo esperado. El monitoreo del bebé arrojaba resultados normales y mi esposa insistía en que quería llegar hasta el final para tener un parto natural, a lo que la matrona no se opuso. Eso sí, dada la urgencia de nuestro caso, ella no iba a esperar a que la vagina de mi mujer dilatara de manera paciente y constante. Negativo. Si el proceso no avanzaba rápido se induciría mediante la famosa y aprendida hormona llamada oxitocina. Lo curioso del caso, y esto es algo que nos siguió generando un sinfín de emociones y contradicciones, era que ella estaba dilatando. Poquito, lento, cada muchas horas, pero firme e indoloro. Nada de lo que habíamos hablado respondía a la lógica. Ambos esperábamos un trabajo de parto intenso y doloroso y, sin embargo, todo transcurría bajo una tranquilidad anormal después de todas las elucubraciones hechas hasta la fecha, que fueron muchas. De hecho, la mañana pasó entre charlas, risas, juegos con la inmensa pelota de plástico, algo de música y televisión y un almuerzo con vistas al río Mapocho. ¿Estábamos de vacaciones en un hotel o a horas del nacimiento de nuestro hijo? Todo era tan raro…

A las 16 horas Rosa resolvió que ya no había necesidad de esperar más. La dilatación de mi esposa no pasaba de los cuatro centímetros y las conclusiones fueron que el parto natural era ya una utopía. Por tanto, era el momento de inducir. El equipo médico preparó las salas de parto y pre-parto, las matronas nos hicieron compañía en la habitación manifestando que había llegado el momento que estábamos esperando durante tanto tiempo y nosotros, incrédulos ante todo lo que nos rodeaba, nos fuimos caminando hacia el paritorio con todo el sosiego de quien sale a pasear por el parque. Puede que lo sospechara, pero me resultaba imposible creer que de aquella escena tan carente de tensión fuese a aparecer mi hijo. ¡Cuánto nos engaña el cine!

La tensión, sin embargo, no tardó en llegar. La sala de pre-parto era de similares características a nuestra habitación 512 —difícil olvidar ya ese número— y por esa razón los nervios se demoraron otro poquito más. Mae estaba relajada y eso era sin duda lo más importante, y yo, ante tanta normalidad, pensé que estaba ante otro examen médico de rutina. Recuerdo que hasta nos invitaron a ver la televisión que colgaba encima de mi cabeza, e interpreté ese detalle como de un surrealismo insoportable para unos momentos que debían presentarse críticos.

Y así, sin anestesias de ninguna clase, comenzó la frenética vorágine de acontecimientos. Nuestra matrona Rosa comenzó su labor realizando unos tactos vaginales que al final resultaron ser el punto de inflexión. Por aquel entonces yo ya era incapaz de permanecer sentado y mucho menos cuando observé el primer hilillo de sangre brotar de la vagina de mi esposa. La presencia de matronas hablando entre ellas con ese tono inconfundible de quien observa anomalías de resolución urgente precipitó el estado de tensión al que nos abocamos mi mujer y yo, principalmente porque en pocos segundos habíamos pasado de una calma inconcebible a una agitación generalizada y sumamente inoportuna. ¿Dónde estaba la dichosa oxitocina?, me pregunté con la espalda apoyada en la pared, lívido de los nervios, mientras escuchaba a Mae preguntar con angustia si el bebé estaba bien. ¿Se podía pasar de repente de un estado a otro sin darnos siquiera cuenta? En ese momento maldije mi ignorancia y mi poco temple para aceptar que cosas como aquella, en el maravilloso mundo de los partos, podían suceder.

No hubo oxitocina finalmente. No hizo falta porque segundos después del tacto vaginal la sangre comenzó a manar profusamente y la alerta se instaló de un modo súbito. Rosa resolvió que había que intervenir quirúrgicamente a través de una cesárea y tanto mi taquicárdica esposa como yo, desbordado ante semejante panorama de sangre, prisas y barullo de personal médico, nos abandonamos a lo que sucediese.

Esos instantes los recuerdo como una nebulosa de rostros y voces. Incapaz de contemplar el dantesco espectáculo, opté por una solución tan cobarde como sensata: intenté huir de la sala. Me odié por no ser más hombre y tolerar un poquito mejor el exceso de sangre, pero dadas las circunstancias me convencí de que mi presencia allí era más un problema que una solución o un aporte y no quería ser yo el protagonista de lamentables escenas desmayándome como un saco de piedras, como finalmente sucedió.

Justo antes de abandonar con sigilo la concurrida estancia, una persona, no sé quién, me cogió del brazo y me instó a que no abandonara la sala aduciendo no sé qué motivos que a mí, huelga decir, me parecieron inconsistentes. Supongo que mi palidez extrema le dio una pista de que no estaba en absoluto preparado para presenciar el show del parto y me obligó a sentarme en una silla. Aquello habría sido una buena idea si ésta no hubiese estado orientada justamente hacia la vagina de mi esposa y, por ende, hacia el torrente de sangre que yo veía salir por todas partes, como si de una película de terror se tratase. Era lógico, por tanto, que sucediese lo que sucedió: me evadí del mundo. Perdí el conocimiento durante no sé cuánto tiempo —fueron segundos pero a mí me parecieron horas— y regresé a la vida sumergido en una confusión incontenible. Mae se expresaba de manera histérica y una mujer me zarandeaba preguntándome si estaba bien. Cuando me situé nuevamente en la escena, a mi mujer ya se la estaban llevando al quirófano y a mí me dejaron a solas, con las piernas por alto y un vaso de Fanta naranja en la mano. Exactamente lo que estaba evitando a toda costa, me dije cariacontecido, ser el protagonista de una película que tenía otros actores. ¡Maldita sea!

Y de nuevo más contrastes. En otro puñado de segundos había pasado del descontrol más extremo a la soledad más absoluta. Me vi abandonado en la sala de pre-parto como si fuese un cadáver —posiblemente no difería mucho— aunque en realidad lo celebré con mesurada alegría. Daba por hecho de que Mae estaba en excelentes manos y tenía aún más claro que mi presencia a su lado era un completo estorbo, un lastre y una preocupación que en esos momentos no tenía por qué estar tolerando. También para el equipo médico, que bastante tenía con atender la operación y relajar el mermado estado de ánimo de mi mujer. Y por supuesto para mí también, que no quería ser testigo directo de mi inoperancia como hombre, marido y padre de una criatura que estaba a punto de conocer.

El tiempo pasó lento durante mi exilio en la sala de pre-parto al amparo de la Fanta naranja y una revista que me sirvió de abanico con el que recuperar parcialmente el color de piel de la cara. De cuando en cuando aparecía una enfermera para preguntarme si estaba bien y mis respuestas casi siempre eran las mismas: “estoy bien, pero ¿y mi mujer?”. Las suyas, las respuestas, también eran similares: “va todo muy bien”. En ese caso, me dije satisfecho, ¿por qué preocuparse? Los dos estábamos bien después de un tsunami de sangre y urgencias. Excelente.

La paz, sin embargo, no duró mucho. Una matrona, de nombre Mónica —hoy le debo mucho a ella—, vino a visitarme y me dijo muy seriamente, como si aquello fuese para ella un tema personal, que debía estar presente en el parto. Yo obviamente me estremecí con sólo escuchar su proposición e intenté disuadirla justificando mi estado actual de descomposición y la evidencia de que yo no servía para tareas tan engorrosas como aquella, como había quedado sobradamente demostrado minutos antes. Pero Mónica no dio su brazo a torcer e insistió como si le fuese la vida en ello, mostrándome la necesidad y la importancia de que yo estuviese junto a mi esposa para recibir al bebé. Yo no podía dar crédito a que estuviese rogándome de esa manera para que hiciera el esfuerzo cuando poco antes había hecho el ridículo desviando la atención del personal médico hacia un tipo que en ese momento no la merecía, es decir, yo. Pero del mismo modo, con la mente algo más despejada, leí en su mirada una imperiosa necesidad, como si ella fuese mi propia esposa, y me hizo ver que el momento de recibir a tu hijo era algo que debía vivir obligatoriamente. Acepté conforme aunque reticente, y me dejé llevar por la adorable mujer hacia un quirófano que me pareció el matadero. Oh my god! Exhalé profundamente.

La estampa en el interior me pareció casi tan desgarradora como en la sala de pre-parto aunque infinitamente más organizada y controlada. Vi a Mae tumbada en una camilla y sólo le pude ver medio cuerpo; el otro medio era tapado con una cortina de color azul donde, deduje, estarían los médicos hurgando a su antojo. Me sentaron en un taburete junto a su cabeza y yo, con unos nervios que me atenazaron y que me dejaron hasta sin habla, solamente pude acariciarle la cara mientras observaba su rictus de dolor e incomodidad ante lo que más abajo de su cuerpo estaba aconteciéndose. Nuestra matrona Rosa asumió el rol de pacificadora y nos dejamos llevar por su experiencia, su risueña forma de ser y sus palabras tranquilizadoras que nos llegaron como un bálsamo. ¿Cuánto quedaba para que acabara todo aquello?, me preguntaba exhausto.

No mucho. No sé en qué momento alguien dijo que mi bebé ya estaba fuera y entonces di un respingo. Mi ritmo cardiaco aumentó hacia unas pulsaciones que pensaba que iban a ahogarme y de manera inconsciente asomé la cabeza hacia la cortina que dividía el cuerpo de Mae. Pude vislumbrar un cuerpecito que era manipulado por un médico y de repente un sentimiento de amor hacia ese ser tan pequeño me avasalló con una fuerza incalculable, incapaz de dominar una emoción que comenzaba a desbordarse por cada poro de mi cuerpo. Creo que sólo pude articular una frase como “ya está aquí, ya está aquí”, pero mi tono de voz era carente de alegría, supuse que debido a una agonía que me asfixiaba y que escasos segundos después se tradujo en una felicidad nunca antes conocida.

Cuando me entregaron a mi bebé a las 16 horas y 36 minutos, envuelto en una sábana azul, sentí que todo había merecido la pena, que aquel martes tan extraño había resultado ser el mejor martes de toda mi existencia. Sentí que todo cobraba sentido, que mi vida ya tenía un fin por el que luchar y que había sido encomendado para una misión. Sentí que el mundo se había puesto de acuerdo en concederme el mejor regalo posible y yo no supe otra manera de manifestarlo que rompiendo a llorar. Sí, llorando como nunca antes había hecho. Llorando con una emoción que no cabía en la sala en la que estábamos. Llorando del sentimiento provocado por ver a mi amada esposa traspuesta del esfuerzo realizado e imposibilitada para acunar a su hijo como ella deseaba. Llorando porque, a pesar de eso, sentía que éramos muy felices y que nuestra dicha se había transformado en un recién nacido sano y verdaderamente hermoso. Han sido las lágrimas más bonitas de toda mi vida y acordarme de ellas significa visualizar nuevamente a mi hijo por primera vez.

Sostener los 3.530 gramos de Max fue más fácil de lo que había imaginado. Mis sospechas me llevaron a barruntar un estado de exaltación inadecuado para coger a un recién nacido y mi esperpéntico espectáculo previo me confirmó que no estaba apto para ese menester. Sin embargo, arrebatado por el impulso más primario de proteger a mi retoño, y embargado por un sentimiento de amor que traspasaba los límites de la razón, no dudé en agarrarlo y apretarlo contra mí. Me sentí inmensamente correspondido cuando observé su carita de miedo ante el nuevo mundo que se abría ante él y me dije sin dudar que daría mi vida por ese ser tan completamente mío.

Supongo que debe ser algo habitual en los padres observar semejanzas inmediatas con sus hijos. A mí me sucedió de manera repentina cuando reparé en su cara, en su pelo y en su color de piel. Quizás me estuviese dejando llevar por esa subjetividad aceptada en estos ámbitos, pero vi rápidamente en Max una extensión mía. Y ese simple detalle fue el que desbordó mi sensibilidad y mis deseos de llorar. Aunque en líneas generales tenía más similitudes con Mae —el color de los ojos, la nariz, el pelo lacio…—, quise pensar que el contexto general de su menudo cuerpo y de su redonda cabeza era una herencia de mi genética, no sabía en aquel momento si afortunada o no, aunque en ese instante de felicidad y lágrimas me dio exactamente igual. Vi a mi pequeño sano y bonito y yo me lancé a besarlo con devoción.

Después de aquello, procedimientos de rutina para el equipo médico y sensación de vértigo para mí cuando debí acompañar a mi bebé por todas las estaciones de control: pesaje, aseo, inyecciones… Mientras tanto, Mae estaba siendo cosida y yo no dejaba de acordarme de ella, de la única responsable de haberme concedido el deseo de tener un hijo, solamente pensando que en breve ya estaríamos los tres juntos. La emoción y los gimoteos no me abandonaron en lo que restó de aquel inolvidable 16 de septiembre.

Regresamos a nuestra habitación 512 de manera triunfal, como los toreros, agasajada por el personal de la clínica que se cruzaba por nuestro camino. Ella en la camilla trasportando a su hijito y yo secundándola como un padre narcotizado por tantísima alegría. Nos encerramos en nuestra guarida y desde ese momento comenzamos a experimentar la maravillosa sensación de ser padres, de observar ensimismados a una criatura tan frágil e indefensa, de sonreír con cada gestito que hacía, de agradecer a la vida semejante premio y de enorgullecernos como pareja al haber conseguido uno de nuestros propósitos, quién sabe si el más importante. A partir de ese instante sólo hubo tiempo para la unión de la familia recién creada, para el amor sin límites, para el afecto más íntimo, para el sentimiento de protección, para la complicidad más sincera… Para, en resumidas cuentas, la felicidad en estado puro.

En ese día se puso fin a nueve excitantes meses de ilusiones y expectativas, meses en los que jamás llegamos a visualizar a la hermosa criatura que habíamos traído al mundo y meses en los que nunca pudimos sentir la fuerza del amor hacia un ser que demandaba a gritos el cariño de unos padres. Ese día se puso fin a una etapa muy bonita, muy apetecible por volver a repetir. ¿Repetiremos?

Pero ese día comenzó otra. Otra etapa aún más alucinante y con vida propia. Una etapa que tendremos la fortuna de ver crecer, de alegrarnos y de sufrir con cada minúsculo detalle y de emocionarnos con cada pequeño descubrimiento. Ese día nació una vida que amaremos, que protegeremos, que llenará de gozo una existencia ya de por sí plena pero que mejorará por el simple hecho de estar entre nosotros. Ese día, tan intenso, tan inolvidable, fue el primer día de nuestra propia familia, la que habíamos estado soñando crear desde el principio de nuestro romance. Y por supuesto, ese día fue el primero en la vida de nuestro pequeño, de nuestro cachorro, de nuestro querido y adorado hijo llamado simplemente Max.

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