El verano sería mejor con hombres

Cuando terminas de leer a Siri Hustvedt reconoces en ti algo distinto. A mí me llevó algunos días darme cuenta de qué era exactamente, y ni siquiera en aquel momento supe si era eso u otra ignota sensación que acabó engañándome. Haciendo una metáfora un tanto discutible, fue como si terminara impregnado de un perfume distinto al que suelo usar y que no era masculino, sino uno descaradamente femenino.

Gracias a ello entendí rápidamente que el sentimiento final, una vez leí su obra, no fue de indiferencia, ya que este resultado era demasiado novedoso para mí. Resolví de inmediato que esta escritora es capaz de conmoverte sin mucho esfuerzo, sin que sepas que lo está haciendo y, lo curioso del caso, consiguiendo. Además, leí El verano sin hombres en muy poco tiempo y aquello aumentó aún más mi estado de turbación.

No era la primera vez que leía a Siri. Hace un par de años cayó en mis manos Elegía para un americano y no recuerdo que me gustara especialmente, quizás debido a que no era el tipo de literatura que en ese momento me seducía, aquella que radiografía el interior de las personas y la disecciona hasta la mínima expresión. Supongo que ahora habría sido distinto, supongo que ahora mi clara predilección a ese estilo me habría llevado a ensalzarla. Incluso es posible que acabara reconociendo que ésa me había gustado más que El verano sin hombres, pero puede que por el simple —y por qué no, reprochable— hecho de que en la primera el protagonista era un hombre —de naturaleza atormentada— y en esta segunda una mujer que, a su vez, se rodeaba de otro buen número de féminas.

El verano sin hombres nos cuenta la catarsis personal que sufre una mujer de mediana edad cuando descubre que su marido la ha engañado con su secretaria, bastantes años más joven. Mia Fredricksen cae presa de un dolor irreparable y sucumbe al peor desenlace de cualquier ruptura: la depresión. Pero con mayúsculas. Pasa una temporada enferma en un psiquiátrico y cuando retorna a la sociedad decide alejarse de su vida pasando el verano en el pueblo donde vive su madre. Allí crea lazos con las amigas de ella, un grupo de viudas sumamente entrañable, y retoma su profesión como profesora enseñando poesía a unas adolescentes con más secretos de los que en un inicio presupone.

El libro es interesante desde un punto de vista lingüístico. El estilo de Siri Hustvedt es sencillo y elegante, mostrando en cada página una elaboración adecuada y acertada. No abusa de la retórica y acude al lenguaje más básico para apoyarse en las descripciones, supongo que para crear una conexión y entendimiento con todos los públicos. Las continuas referencias a citas poéticas dan al libro un brillo especial, como un adorno impecable a un trabajo indiscutiblemente reseñable.

La historia en sí no tiene nada de particular. No cuenta nada nuevo desde una óptica argumental. Una mujer que cambia de aires después de un engaño conyugal parece algo manido y, en ocasiones, aburrido si no se adereza convenientemente con secuencias cargadas de contenido emocional. El verano sin hombres no pretende hacerte reír o llorar, tampoco dejarte absorto durante horas. Es un buen libro lleno de personajes femeninos y de interacciones entre ellos, naturalmente.

El debate en esta novela surge precisamente de este hecho concreto, de leer más de trescientas hojas repletas de secuencias protagonizadas por mujeres, con su buen número de inquietudes, movidas bajo la bandera de la sensibilidad. Ante este escenario la clave del éxito de cualquier autora sería conseguir que te involucraras en la historia, que dejaras atrás ciertos prejuicios y predilecciones sexistas, y disfrutaras leyendo los avatares de una mujer que sufre un estado de soledad emocional. El hecho de que además todos los personajes que la rodean sean también mujeres —de distintas generaciones pero, al fin y al cabo, mujeres— convierte la novela en un desafío sumamente entretenido.

Quizás sea un pésimo reclamo publicitario para el público masculino o simplemente para aquel no habituado a leer historias personales con un grado de sensibilidad elevado. Sin embargo, si algo consigue Siri es atraparte con su lenguaje ágil y depurado, y hacerte leer con relativa fluidez el verano que pasa la protagonista. Aunque volviendo al asunto del género, es fácil que esta novela sufra una suerte de discriminación si uno no la coge predispuesto a sumergirse en la psicología femenina, tan complicada a veces de entender. Por otro lado, es un ejercicio tremendamente saludable conocer los intrincados razonamientos de mujeres de generaciones tan diversas como sus propias personalidades. Y opino que ese podría ser el leitmotiv para acabar leyendo El verano sin hombres.

Volviendo al inicio de la reseña y a mis sensaciones posteriores, considero que acabar impregnado de ese perfume femenino en forma de literatura no tiene absolutamente nada de malo. No te hace inferior, ni más débil ni tiene por qué ablandarte más de la cuenta. Tampoco te convierte en alguien que no eres ni cambia tu orientación sexual. Todo lo que se logra es cultivarte, hacerte aprender algo nuevo y darte a conocer más detalles del género femenino. Literariamente hablando te abre otra vía de pensamiento, te muestra otro estilo de narración y te hace experimentar esa extraña sensación antes comentada. Creo que son todo ventajas.

No quería pasar por alto otro detalle asociado a Siri Hustvedt y comentarlo en esta reseña, uno que también podría generar ciertos prejuicios, aunque me gustaría pensar que en personas inteligentes, habituadas a leer mucho y bueno, no se dará semejante situación. Estratégicamente lo he dejado para el final, dar a conocer el dato de que Siri es la esposa de Paul Auster. Quería evitar que ese hecho eclipsara la novela comentada y se partiera sabiendo de su matrimonio con otro autor antes que un libro que merece la pena leerlo. Aquello, entendía, podía ser una etiqueta perniciosa. Las comparaciones podrían ser inmediatas y los elogios hacia él en detrimento de ella también podrían surgir con relativa facilidad. Sin embargo, sería tremendamente injusto equiparar a ambos escritores por el simple hecho de ser marido y mujer. Que Paul quizá tenga más fama, más éxito o más novelas que Siri no significa que necesariamente sea mejor, y confío en que ese planteamiento básico sirva para dejar a un lado al genio de Auster y concentrarse en otra gran escritora, una con personalidad propia como bien podría demostrarlo la novela reseñada.

Para finalizar, si tuviera el increíble privilegio de conocer a Siri Hustvedt y pudiera entrevistarme con ella, seguramente le haría una observación o una crítica, según se mire. De igual modo que opino que la abundancia de mujeres en una novela no debería ser un pernicioso reclamo para nadie, la aparición de uno o varios hombres en la historia creo que la enriquecería de un modo notable, porque bien es sabido que la diferencia de caracteres —y cuanta más, mejor— entre un hombre y una mujer es, literariamente hablando, un gancho infalible y enormemente entretenido para el público. O por lo menos para mí. Por tanto, creo que un verano, con ese matiz de ocio y diversión que siempre se presupone, ganaría enteros si, en vez de pasarlo rodeado de personas de tu mismo sexo, lo hicieras sucumbiendo a los devaneos generados por la atracción física o —más interesante todavía— al rechazo en cualquiera de sus manifestaciones.

siri hustvedt el verano...

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