Nada de protocolos, pura acción

Llevaba mucho tiempo esperando poder leer un libro de Robert Ludlum, escritor de reconocidísimo prestigio y autor de más de una veintena de novelas en 30 años de profesión. Ese dato ya era de por sí un aliciente más que poderoso para acabar cogiendo alguno de sus libros, aunque no era tanto por eso como sí por el hecho de que el estilo y la temática de su bibliografía son muy similares a los de uno de mis iconos literarios: Frederick Forsyth.

Sin embargo, existía otro motivo de relativa importancia para terminar apostando por él, y era que Ludlum es el autor de la trilogía cinematográfica El caso Bourne protagonizada por Matt Damon. Las películas, muy interesantes desde un punto de vista argumental, fueron éxitos de taquilla y predecesoras de secuelas llevadas a la gran pantalla por otros actores. La razón, bajo mi óptica, se debe a que combinan acertadamente el ritmo trepidante de la historia, repleta de acción, con un argumento más que bueno, lleno de intriga y suspense, y con la CIA y sus discutibles métodos de espionaje como punto de referencia. Pese a ser un admirador declarado de esta trilogía, doy por hecho de que los libros de estas películas, como sucede en el 99% de los casos, son bastante mejores, pero como no los he leído no perderé el tiempo eclipsando la novela reseñada.

Con este buen número de razones me enfrenté a El protocolo Sigma, última novela de Robert Ludlum, escrita en 2001 y publicada justo después de su muerte. Puede que ahí estuviese el último y definitivo motivo, en saber que era la última obra de su carrera y, quien sabía, si no era la que aunaba lo mejor de este dinosaurio de la literatura. Esta no siempre es una fórmula infalible —y bien lo sé por la aproximación con el mencionado Forsyth—, pero después de haber acabado entusiasmado con la trilogía de Bourne, pensé que el libro elegido podría satisfacer mis necesidades de thriller político y espionaje.

Lo hizo, pero a medias. El protocolo Sigma es muy recomendable si te gusta la historia y los sucesos acontecidos después de la Segunda Guerra Mundial. Nos cuenta cómo una serie de grandes empresarios, entre los que se encontraban antiguos nazis, crearon una suerte de consorcio con el que pretendían dominar el mundo industrial y científico. Ben Hartmann, hijo de uno de esos magnates, se encuentra de repente inmerso en una trama de asesinatos en la que él es uno de los objetivos. Para ayudar a salvar su vida, una funcionaria del departamento de Justicia de EE.UU., Anna Navarro, se erige como compañera de aventuras a la vez que va descubriendo cómo la CIA está involucrada en una conspiración que traspasa fronteras, empresas multinacionales y gobiernos de medio mundo.

Las similitudes de esta obra con El caso Bourne son muchas y más que evidentes. Puede que ahí estuviese mi interés inmediato y —al mismo tiempo— mi excesivo punto crítico con todo aquello que leía. Me resultaba inevitable no acabar comparando ambas historias, alabando una en pos de la otra y estableciendo conexiones como si El protocolo Sigma fuese una secuela de la primera. Afortunadamente no lo es porque existen elementos distintos que son, al fin y al cabo, los que captan el interés de la novela. En este caso, la experimentación científica que tenía que ver con seres humanos y que iniciaron los nazis durante la guerra. Algo espeluznante, aterrador, pero inevitablemente didáctico.

En el libro predomina la acción sobre cualquier otra cosa. La frenética carrera que inicia el protagonista por resolver la conspiración que se va tejiendo da comienzo en la primera página y no se termina hasta la última. El estilo literario de Ludlum, por tanto, es directo, sin grandes descripciones ni contenido superfluo, nada que desvíe el interés de la trama. Tampoco emplea grandes recursos lingüísticos. No es su intención enamorarte con su prosa y entiende que el lenguaje, cuanto más simple, mejor. Es por ello por lo que opino que es una novela adaptada a todos los públicos. Si te gusta ese género, claro.

Pese a haber lanzado algunas sugerencias para coger éste o algún otro libro de su colección —todos tienen una temática similar—, debo ser honesto con mis sensaciones posteriores después de la lectura y admitir que la novela es, para mi gusto, demasiado larga. Y no sólo me refiero a su extensión, con sus aproximadamente seiscientas páginas (esto es complicado de medir cuando lees en ebook). Cuando uno ha tenido la suerte de leer a otros autores que depuran más el lenguaje, que usan otros recursos literarios, efectivos para llegar al quid aunque igualmente bellos, comienza a echar de menos algún que otro adorno prosaico. Los más conservadores me dirán que una novela de acción no puede verse alterada por retórica inoportuna, pero creo que es perfectamente posible combinar ambas facetas. Ludlum omite de manera casi religiosa cualquier floritura con el objetivo de no perder un ápice de tensión. Y esa fórmula le ha funcionado tan bien que sus novelas han sido llevadas al séptimo arte. Nada que objetar.

En cualquier caso, no es mi intención criticar a Robert Ludlum. Sería un atrevimiento desmesurado hacerlo con este longevo y exitoso escritor, y su carrera, sus premios y sus galardones hablan por sí solos como para ponerlo en duda. Lo que ocurre es que Ludlum, como artista terrenal que fue, no es inmune a opiniones de todo tipo y la mía la concentro precisamente en el punto anterior, en la simpleza de su literatura, tanta que puedes acabar aburriéndote si la historia, como en este caso, se extiende durante varios centenares de hojas.

El trabajo de documentación es impecable, huelga decir. Hilvana muy bien un gran número de acontecimientos repartidos por todo el mundo y crea tantas conexiones entre personajes que al final acaban todos implicados en el mismo juego. Tiene ese toque indiscutible de irrealidad, ya que los protagonistas son poco menos que superhéroes que se sobreponen a todo tipo de situaciones extremas. Mientras en El caso Bourne —volviendo a la comparación— puedes llegar a creerte que el protagonista puede con todo, en El protocolo Sigma se suscitan ciertas dudas dada la condición civil del sujeto, un empresario adinerado y poco amigo de las armas. Aunque si rompo una lanza en favor de esta novela respecto a la otra, reconoceré que la temática científica es sumamente interesante, aunque igualmente desgarradora.

En resumen, la decisión de leer a Robert Ludlum puede ser acertada según lo que busques o lo que necesites en ese momento. Si quieres lirismo, personajes repletos de reflexiones interiores y diálogos mordaces e inteligentes, no pierdas el tiempo, no es el hombre que buscas. Sin embargo, si lo que quieres es entretenerte, leer una novela con un ritmo trepidante y aprender algo más sobre los servicios secretos americanos, no lo dudes, éste es tu autor. Porque Ludlum no entiende de protocolos, sólo de acción.

ludlum+protocolo sigma

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